25 de octubre de 2012

Zumos en Estambul

   Estambul es una ciudad inolvidable y el viajero con la suerte de haber paseado por sus calles es un privilegiado. Las esporas que ha ido emitiendo la historia a lo largo de los siglos le ha proporcionado un aura que va más allá de la belleza de sus monumentos o del enclave agraciado que disfruta. El bósforo envuelve la capital turca y la hace única. Es imprescindible  pasear en barco por el estrecho, mejor en el transporte de los ciudadanos que van de un continente a otro para ir al trabajo. Además de mucho más barato, estás rodeado de la vida cotidiana, no de los turistas de los cruceros que encontrarás sin pretenderlo en los muelles. La vista de la urbe desde el Estrecho del Bósforo es impresionante y queda atrapada en la retina para siempre. Volviendo de la parte asiática de la ciudad pude recitar la Canción del Pirata de Espronceda, aprendida de niño en algún pupitre afortunado. Un placer ganso.
   Al finalizar de patear cada día la ciudad nos sentábamos en un bar con un rincón dedicado a las frutas y  verduras locales, donde podías escoger las que quisieras  para que te hicieran un zumo. En muchos países no desarrollados encuentras con facilidad este tipo de establecimientos, muchas veces son puestos callejeros. En el nuestro resulta muy difícil que alguien te prepare un zumo natural, únicamente de naranja. El resto de las frutas parecen no existir, salvo en botes de líquidos adulterados. Parece que el progreso consiste en abrir una botellita proveniente de una gran fábrica. En nuestra búsqueda del bienestar algo hemos perdido por el camino.
   En este estableciniento nos atendía con entusiasmo un joven turco. Estaba aprendiendo español y echaba mano al bolsillo de atrás de su pantalón, donde llevaba un pequeño diccionario bilingüe de español y turco, siempre que tenía una duda. Una amplia sonrisa nos anunciaba que había encontrado la palabra perdida. Todos los días le dejaba una propinilla y el último nos despedimos y le dejé una buena propina. Se negó a aceptarla alegando que había sido un placer hablar con nosotros esos días. La pregunta es inevitable: ¿quién es más rico? Nos costaría mucho volver a una sociedad menos desarrollada que la nuestra pero, desde luego, en este supuesto progreso que hemos tenido en las últimas décadas algo hemos perdido por el camino. Algo importante. ¡Vaya!, acabo de repetir la misma expresión que hace unas líneas. ¿Será casualidad?







  


15 de octubre de 2012

La leyenda del Pizá

   El pasado mes de septiembre cerró el Restaurante Pizá, inspirador de este blog. Somos muchos los que lo sentimos porque era un rincón gastronómico único. Cocina de excelente calidad a precios muy asequibles es un enunciado que no se pronuncia con facilidad. La vulgaridad se ha extendido por doquier y es difícil que un local permanezca en el recuerdo...debido a causas positivas. Espero que la parada sea técnica y vuelvan en un futuro no muy lejano. Es con diferencia el artículo más leído de este blog, por algo será. El tiempo lo irá idealizando paso a paso porque ha muerto un restaurante, pero acaba de nacer una leyenda. La leyenda del Pizá.


5 de octubre de 2012

Pacharán de Covalanas

   Después del viaje al Valle del Pas, nuestros amigos decidieron hacer de guías y organizar un periplo por diversas cuevas. El punto de partida fue la Cueva de Covalanas, situada en un lugar pintoresco, cerca de Ramales de la Victoria en el oriente de Cantabria, al que se accede por una empinada cuesta. La gruta es angosta pero solo éramos seis personas y resultaba cómoda. Las pinturas son sencillas a primera vista pero, a medida que la visita avanzaba y la guía se iba emocionando motivada por nuestro interés, resultó fascinante. Imposible describir la belleza y complejidad que nos empujó a unos momentos de intensidad estética difíciles de repetir. Nuestra anfitriona se unió a nuestro entusiasmo, se le pasó la hora e invadimos el tiempo del siguiente turno. Joan Miró fue a ver las pinturas de Altamira en busca de inspiración para unos murales prehistóricos. Al finalizar el paseo por el pasado remoto fue contundente: "El arte está en decadencia desde la cueva de Altamira".  Y al salir de Covalanas, era imposible no estar de acuerdo con el maestro catalán y rendirse ante la belleza de este arte singular.
   Javier hace pacharán todos los años con resultados magníficos. Como la pasión que pone en todo lo que hace es contagiosa, estaba ya medio convencido para probar a elaborarlo yo también. Al bajar de la cueva encontramos unas endrinas y me puse a recogerlas. El gorro sirvió de cesta improvisada para lo que será el Pacharán de Covalanas. 
   En Ramales de la Victoria teníamos la siguiente parada, la Cueva de Cullalvera. Es una cavidad de enormes dimensiones destrozada con atracciones turísticas. Un audiovisual insustancial a la entrada ya te previene de lo que puedes encontrar. Pero, en este caso, todo fue a peor, y además de una hiriente voz que te acompaña durante el trayecto, el remate final es una fuente que suelta agua al ritmo de la música. Alguien pensó un día que esta patochada era ingeniosa. ¡Increíble! 
    Salimos decepcionados y soltamos unos cuantos improperios para desahogarnos. Menos mal que unos obreros de mantenimiento nos recomendaron ir a comer a un restaurante, Ronquillo, que nos hizo olvidar lo relatado. Un descubrimiento que habrá que volver a visitar. Una sopa de melón sorprendente, unos caricos excelentes y un pastel de costilla soberbio tienen la culpa. 
    La última cita de la jornada era la Cueva Pozalagua, en la vecina Vizcaya. Una exhibición y alarde de estalactitas y estalagmitas que te deja anonadado ante tanta belleza. La sala Versalles es un lugar único y extraordinario, la naturaleza ha labrado en silencio durante miles de años una obra de ensueño. Inolvidable. 
    Enterado de que la endrina contiene vitamina C, es un fruto tónico y fortalece el estómago, ya no tuve ninguna duda; el pacharán está en marcha y dentro de unos meses lo probaremos. 

Las fotos son de Javier



25 de septiembre de 2012

Arte, paisaje y cuchara en el Valle del Pas


  Tengo la costumbre de llevar de excursión a mis amigos por el Valle del Pas para mostrarles esa maravilla y compartirla con ellos. Siempre tiene mucho éxito, claro que la capacidad de entusiasmo no es similar en todos y eso se nota. Igual que en un concierto el público influye en sus desarrollo, aquí una reacción positiva cataliza el viaje de forma ilimitada. Porque no hay grandes y pequeños viajes, la mayor aventura puede estar a la vuelta de la esquina. Y esta vez la encontramos.   La primera parada es el Palacio de Soñanes en Villacarriedo, un magnífico palacio barroco. Su excelente restauración exterior e interior llega a su máxima expresión en la cúpula pintada por Roberto Orallo. Nunca me canso de verla. Una y otra vez. Y siempre me sorprende y maravilla. Es un mural que ocupa el altillo y la cúpula de una escalera realmente hermosa. Orallo colocó con delicadeza una guinda en lo más alto, una puerta abierta al cielo conmovedor. Pinturas creadas con  la  ingenuidad inmaculada y el talento en su máxima expresión, con la mirada de un niño, con la ilusión radiante de la emoción, con la pasión de un aprendiz, con amabilidad y sosiego. Uno se relaja y a nadie le sorprendería que se abriese la mencionada cúpula y ascendiésemos al infinito. Cualquier día o noche puede ocurrir.
   Predispuestos a absorber el resto del viaje por poros antes desconocidos, paramos en la cercana Selaya para abastecernos de sobaos y quesadas, que no solo hay que cuidar el espíritu; el cuerpo también necesita cuidados. Ascendemos el Puerto de la Braguía sin perder un detalle del paisaje. Llegamos a Vega de Pas y nos acercamos al Restaurante Mexico -el reloj se paró hace tanto tiempo que ya nadie sabe cuándo ocurrió-  y nos comemos un estupendo cocido montañes. A medida que el cuenco iba rebajando su nivel de comida, descubrimos una mina submarina en forma de morcilla, difícil de atrapar en aquel inmenso mar de colesterol. No serán alimentos muy sanos para el organismo pero nuestro ánimo se alegró con profusión de este encuentro culinario. Y ya sabemos  que, ante todo, somos mente. 
  Después de comer nos acercamos a la estación fantasma del Ferrocarril Santander-Mediterráneo. Fue un  proyecto diseñado y ejecutado en la posguerra para unir por tren la capital cántabra con Sagunto. Se empezaron unas obras que nunca se finalizaron. Aquí podemos encontrar la estación sin estrenar en estado lamentable, diversas ruinas de edificios y varios túneles, incluido el de La Engaña de siete kilómetros de longitud, una obra faraónica para su época. Y donde hay faraones, encontramos siempre esclavos para satisfacer sus caprichos. Aquí fueron presos republicanos; dejaron su sudor y su sangre en este disparate nacional aún desconocido en nuestro país y que alguien debería divulgar con la vehemencia adecuada. A pesar del cocido y del calor recorrimos el largo trayecto -el viajero no se detiene ante nada- hasta la boca del túnel y encontramos un frío húmedo, lúgubre y estremecedor. Sería el eco de tanto sufrimiento.
   Subimos el puerto Estacas de Trueba y bajamos el de Lunada, en medio de paisajes idílicos de una fertilidad inusitada; una tierra que ha forjado al pueblo pasiego, siempre enigmático y fascinante. Entramos en otra villa pasiega, San Roque de Riomiera. Alrededor de una mesa en la calle calmamos la sed y descansamos en este pueblo, donde la prisa es una especie animal desconocida. Tertulia, satisfacción y sonrisas.

Todas las fotos son de mi amigo y compañero de viajes, Javier.








15 de septiembre de 2012

La Tomatina

   Siempre me ha resultado desagradable ver tirar comida. Puede ser una cuestión cultural o de sensibilidad, no lo sé. En todo caso, hoy al reflexionar sobre el tema, me reafirmo  en la postura más que nunca en estos momentos de crisis a la puerta de casa. Lo que estéticamente rechazo,  la ética lo confirma de forma cartesiana; ética y estética siempre unidas.
Se entenderá, por tanto, con facilidad que el espéctaculo anual de La Tomatina me resulte incómodo. Por si hay algún despistado, reseñaré con brevedad que es una fiesta celebrada al final del verano en el pueblo valenciano de Buñol, en la que durante una hora se tirán desde varios camiones toneladas de tomates. El resultado es una afluencia masiva de gente acelerada para ser embadurnada y asimismo poder impregnar de este fruto a todo individuo que ose cruzarse en su camino. Parece que les resulta apasionante. Vienen turistas de todo el mundo, sobre todo de Japón y Australia. Los primeros ya se sabe que se enganchan con facilidad de las costumbres ajenas, cuanto más exóticas o estrafalarias mejor. Y los segundos, no sé si serán los mismos que acuden a los Sanfermines pamplonicas y han creado la costumbre, ahora ya tradición, de tirarse de cabeza desde lo alto de una fuente, con altas dosis de alcohol en las venas y frecuentes batacazos. Parece que les va la marcha.  Esta fiesta tiene el enorme mérito de cerrar los telediarios de medio mundo, algo que pocos acontecimientos logran. Pero cada año su visión me resulta más molesta e irritante. Esa marabunta enardecida por una actividad necia y absurda me da grima y me entristece, una paradoja frente a tanta aparente diversión.
   Yo prefiero comer con calma una buena ensalada de este exquisito fruto o disfrutar de una tostada de pan, aceite y tomate, una de las grandes aportaciones españolas al mundo, sin ningún reconocimiento aún. Y me quedo con la poesía; otra estética, otra ética:
Oda al tomate
Pablo Neruda


La calle

se llenó de tomates,
mediodía,
verano,
la luz
se parte
en dos
mitades
de tomate,
corre
por las calles
el jugo.
En diciembre
se desata
el tomate,
invade
las cocinas,
entra por los almuerzos
se sienta
reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene
luz propia,
majestad benigna.
Debemos, por desgracia,
asesinarlo:
se hunde
el cuchillo
en su pulpa viviente,
es una roja
víscera,
un sol
fresco,
profundo,
inagotable
,
llena las ensaladas
de Chile,
se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja
caer
aceite,
hijo
esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega
la pimienta
su fragancia,
la sal su magnetismo:
son las bodas
del día,
el perejil
levanta
banderines
,
las papas
hierven vigorosamente,
el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre
la mesa, en la cintura
del verano,
el tomate,
astro de tierra
estrella
repetida
y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura. 

5 de septiembre de 2012

Bruselas huele a gofre

   El plato nacional de Bélgica son los mejillones con patatas fritas. Siempre pensé que era una mezcla extraña. La realidad es que no se llegan a juntar, pues se sirven en platos diferentes. Si te sirven en España esos moluscos esmirriados e insulsos, los devuelves al instante. Sin embargo, allí se sirven  a todas horas y les encantan. Me encantaría ver la cara de un belga al comerse unos buenos mejillones en nuestro país. Tiene que alucinar. Aunque igual no les gustan, cualquiera sabe. El resto de su gastronomía, escrito con todos los respetos, tiene un nivel similar. El Waterzooi es un plato de pescado o pollo acompañados con una salsa espesa bastante sabrosa que, a la cuarta cucharada, te quita las ganas de comer por la alta concentración -o intoxicación, según se mire- de nata y mantequilla. Así que Bruselas no huele a mejillones -también son inodoros-, sino a gofre. Los hay por todas las esquinas y están ricos, pero son gofres.
   Eso sí, es el paraíso de los amantes del chocolate y de la buena cerveza. Su riqueza cervecera es extraordinaria y apasionante la cultura que hay alrededor de ella. Es un placer entrar en esos locales con solera y leer una carta con gran variedad de cervezas de grifo y más aún embotelladas. Tiradas con esmero, es un placer paladearlas lejos de esa bárbara costumbre tan extendida en nuestro país de beberla a morro. Un sacrilegio. Fue un deleite visitar Cantillon, una fábrica de cerveza artesanal, que permanece inalterable desde su fundación en 1900.
   La Grand Place es uno de esos lugares que te agarran por los sentimientos y te hipnotizan ante esa belleza inefable que pocos rincones consiguen atesorar. Un atardecer allí vale un sueño inolvidable. El Atomium sigue sorprendiendo a pesar de sus más de cincuenta años de vida. Su interior nos transporta a una especie de nave espacial seductora y amable.
   Brujas es una villa de cuento de hadas con pocas hadas y demasiados turistas. Cuesta abstraerse de su éxito pero hay momentos de olvido y satisfacción. Gante es la gran sorpresa del viaje. Su zona histórica es preciosa. Los muelles receptores de tantas mercancias en el pasado conservan un encanto singular coronado por un castillo ideal para jugar a caballeros medievales.
   Bruselas está marcada por las instalaciones de la Unión Europea. Tantas personas de innumerables lugares la han convertido en una ciudad cosmopolita, quizá demasiado. Su afición por el cómic impregna sus calles y nos obligan a sonreír al volver la esquina.
   En la tapa de un barril de cerveza también se puede escribir mucha sabiduría, no se pierdan las fotos.







25 de agosto de 2012

Nadie te mira en Manhattan

   Llegamos a Manhattan de noche -madrugada para nosotros- mirando hacia arriba con la boca abierta  y reconociendo a cada paso lo que habíamos visto en el cine y en la televisión a lo largo de toda nuestra vida. El imperio impone, como siempre, su cultura a las provincias exteriores. A pesar del cansancio fuimos derechos a  Times Square. "Lo flipo". Quizá fuera la primer vez que usé esa expresión y a mi hijo le hizo mucha gracia. Aquel despliegue de luz y pantallas logra su propósito de  hipnotizar y mostrar la grandeza de La Metrópoli. Impresiona, ¡vaya si impresiona!
   Todo el mundo te cuenta que, al llegar a Nueva York, te resultan familiares las calles y los edificios. Lo que no me había indicado nadie es que también te parece cercana la gente. Has visto miles de veces al policía de color con su coche, y también al taxista asiático en su taxi amarillo y, en general, parece que estás muy cerca de casa y no a miles de kilómetros. Los asocias sin querer a los guiris pero son diferentes. Más abiertos y amables pero, cuando vas caminando por la calle, nadie te mira a la cara. Nadie. Es algo extraño. Una mezcla de indolencia y cicatería  envuelta en un halo de ciencia ficción. Un toque impersonal en un lugar que fascina.
   Los neoyorquinos comen fuera de casa. Van con su café por la calle con la prisa del que va a alguna parte y comen también con premura. Lo que más me llamó la atención fueron los delis, locales autoservicio para llevárselo a casa o a la oficina, o bien comerlo allí mismo. Hay una gran diferencia entre unos, algo cutres, y otros bastante buenos. Encontramos uno de estos últimos cerca del hotel. Cogías la comida en envases de plástico, que servían de plato. Te vendían la comida al peso y costaba todo igual, daba lo mismo una sopa que unos langostinos. Encontramos, para nuestra sorpresa, ensaladas y verdura y su calidad era muy buena. Cuando acabábamos de comer, tirábamos entre los tres más basura -platos, vasos, cubiertos de plástico y servilletas para empapelar el local completo- que en toda una semana en nuestra casa. El mundo se acaba, pensábamos. Igual que al ver esos rascacielos iluminados toda la noche. El mundo se acaba.
   Porque el derroche es tan descomunal que te apabulla. Todo es a lo grande, en inmensas cantidades y desmesurado. La persona más insensible con el medio ambiente se vuelve aquí ecologista convencido. Pero es su mentalidad; cuando alguien se hace millonario, su ideal es construir un rascacielos. ¿Marcando territorio?