15 de noviembre de 2012

Los Llaureles

   Caminando desde Torazo, un bellísimo pueblo del oriente asturiano, llegamos a un afable alojamiento rural, Los Llaureles. Ellos mismos restauraron una vieja casa y la han convertido en una acogedora posada. Más tarde construyeron con sus propias manos y con la ayuda de un libro -así me lo contaron, así lo escribo- un precioso restaurante. La filosofía es ofrecerte un menú largo y estrecho, donde tú escoges solo la bebida. Igual que el local, los platos rezuman delicadeza y fundamentos perfectos para restaurar el estómago y el espíritu, pues aquí no solo se viene a comer, sino en busca de un escenario ideal para hacerlo.
   En la Francia del siglo XVIII se asentaron los restaurantes. Era frecuente encontrar entonces un menú cerrado sin posiblidad de escoger en una carta. Ahora, muchos restauradores parecen recoger aquel testigo e incorporar esta moda. Algunos la rechazan porque su gusto no admite muchos platos y a otros nos apasiona porque ofrece sorpresa y permite reconocer el estilo del cocinero de forma manifiesta. Es imposible resolver todos los platos con brillantez y no todos pueden ser del agrado del chef. Una carta con cien ofertas tiene a la fuerza que ser desigual en sus resultados. Sin embargo, cuando nos ofrecen un menú, además de ser productos  de temporada, se adapta a las características y gusto del jefe de cocina. También facilita la gestión económica y debería notarse favorablemente en la cuenta final.
   Aquí te explican los diferentes bocados con calma. La originalidad podría constituir su denominación de origen, acompañada de un sentido lúdico. Solo se puede ir con reserva y admiten un número limtado de comensales, lo que permite mimar el producto y al cliente. Las vistas desde la terraza son aún más directas y acogen con facilidad tertulias y  reflexión. No se lo pierdan.





  

5 de noviembre de 2012

Chocolat

   Chocolat es una película del año 2000 basada en la novela homónima de Joanne Harris. Una mujer y su hija llegan a un pueblo francés de vida muy tradicional para montar una chocolatería. Es una intromisión y un choque para los habitantes acostumbrados a un paisaje humano monocolor, o mejor dicho, en blanco y negro. Porque el color lo pone la forastera con su alegría y su pasión por la vida. Lo hace a través del chocolate, aunque esto no es más que una disculpa para vivir con intensidad. La gastronomía es una de las muchas dimensiones de la vida. Aquí cada uno se proyecta y muestra su capacidad de entusiasmo o de apatía. 
   Por si fuera poca la tirantez, llegan en un barco unos jóvenes de vida bohemia y acaban de catalizar los instintos más primarios de la población local. Los nómadas siempre han sido considerados muy peligrosos por la sociedad. No necesitan bienes materiales, pues solo son un estorbo en sus desplazamientos, mucho menos aprecian el lujo y no solo no lo necesitan, sino que lo desprecian. Algo intolerable para quienes han dedicado sus vidas a acumular bienes. Además, no entienden la especulación, no tienen prejuicios y son libres, grave peligro en esta sociedad inmovilizada por estereotipos y repleta de convencionalismos absurdos que la impiden evolucionar. Escribió en su día Julio Caro Baroja sobre los pueblos malditos -Vaqueiros y Pasiegos entre otros-, marginados en su entorno porque llevaban una vida trashumante y alejada de las convenciones habituales. Siempre cargaban con todas las culpas porque "es difícil estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros", como afirma un personaje de Chocolat, al ser interrogado sobre la posibilidad de llevar una vida usual.
   La protagonista de la película afirma con pesar que "No es nada fácil ser diferente". Ni lo será nunca. El gran mérito de esta película es contarnos todo esto e impregnar un aroma de cuento de hadas aunque, como en todo buen cuento, hay momentos de una tensión extrema. Y además consigue que nos enamoremos del chocolate...y de la vida.











25 de octubre de 2012

Zumos en Estambul

   Estambul es una ciudad inolvidable y el viajero con la suerte de haber paseado por sus calles es un privilegiado. Las esporas que ha ido emitiendo la historia a lo largo de los siglos le ha proporcionado un aura que va más allá de la belleza de sus monumentos o del enclave agraciado que disfruta. El bósforo envuelve la capital turca y la hace única. Es imprescindible  pasear en barco por el estrecho, mejor en el transporte de los ciudadanos que van de un continente a otro para ir al trabajo. Además de mucho más barato, estás rodeado de la vida cotidiana, no de los turistas de los cruceros que encontrarás sin pretenderlo en los muelles. La vista de la urbe desde el Estrecho del Bósforo es impresionante y queda atrapada en la retina para siempre. Volviendo de la parte asiática de la ciudad pude recitar la Canción del Pirata de Espronceda, aprendida de niño en algún pupitre afortunado. Un placer ganso.
   Al finalizar de patear cada día la ciudad nos sentábamos en un bar con un rincón dedicado a las frutas y  verduras locales, donde podías escoger las que quisieras  para que te hicieran un zumo. En muchos países no desarrollados encuentras con facilidad este tipo de establecimientos, muchas veces son puestos callejeros. En el nuestro resulta muy difícil que alguien te prepare un zumo natural, únicamente de naranja. El resto de las frutas parecen no existir, salvo en botes de líquidos adulterados. Parece que el progreso consiste en abrir una botellita proveniente de una gran fábrica. En nuestra búsqueda del bienestar algo hemos perdido por el camino.
   En este estableciniento nos atendía con entusiasmo un joven turco. Estaba aprendiendo español y echaba mano al bolsillo de atrás de su pantalón, donde llevaba un pequeño diccionario bilingüe de español y turco, siempre que tenía una duda. Una amplia sonrisa nos anunciaba que había encontrado la palabra perdida. Todos los días le dejaba una propinilla y el último nos despedimos y le dejé una buena propina. Se negó a aceptarla alegando que había sido un placer hablar con nosotros esos días. La pregunta es inevitable: ¿quién es más rico? Nos costaría mucho volver a una sociedad menos desarrollada que la nuestra pero, desde luego, en este supuesto progreso que hemos tenido en las últimas décadas algo hemos perdido por el camino. Algo importante. ¡Vaya!, acabo de repetir la misma expresión que hace unas líneas. ¿Será casualidad?







  


15 de octubre de 2012

La leyenda del Pizá

   El pasado mes de septiembre cerró el Restaurante Pizá, inspirador de este blog. Somos muchos los que lo sentimos porque era un rincón gastronómico único. Cocina de excelente calidad a precios muy asequibles es un enunciado que no se pronuncia con facilidad. La vulgaridad se ha extendido por doquier y es difícil que un local permanezca en el recuerdo...debido a causas positivas. Espero que la parada sea técnica y vuelvan en un futuro no muy lejano. Es con diferencia el artículo más leído de este blog, por algo será. El tiempo lo irá idealizando paso a paso porque ha muerto un restaurante, pero acaba de nacer una leyenda. La leyenda del Pizá.


5 de octubre de 2012

Pacharán de Covalanas

   Después del viaje al Valle del Pas, nuestros amigos decidieron hacer de guías y organizar un periplo por diversas cuevas. El punto de partida fue la Cueva de Covalanas, situada en un lugar pintoresco, cerca de Ramales de la Victoria en el oriente de Cantabria, al que se accede por una empinada cuesta. La gruta es angosta pero solo éramos seis personas y resultaba cómoda. Las pinturas son sencillas a primera vista pero, a medida que la visita avanzaba y la guía se iba emocionando motivada por nuestro interés, resultó fascinante. Imposible describir la belleza y complejidad que nos empujó a unos momentos de intensidad estética difíciles de repetir. Nuestra anfitriona se unió a nuestro entusiasmo, se le pasó la hora e invadimos el tiempo del siguiente turno. Joan Miró fue a ver las pinturas de Altamira en busca de inspiración para unos murales prehistóricos. Al finalizar el paseo por el pasado remoto fue contundente: "El arte está en decadencia desde la cueva de Altamira".  Y al salir de Covalanas, era imposible no estar de acuerdo con el maestro catalán y rendirse ante la belleza de este arte singular.
   Javier hace pacharán todos los años con resultados magníficos. Como la pasión que pone en todo lo que hace es contagiosa, estaba ya medio convencido para probar a elaborarlo yo también. Al bajar de la cueva encontramos unas endrinas y me puse a recogerlas. El gorro sirvió de cesta improvisada para lo que será el Pacharán de Covalanas. 
   En Ramales de la Victoria teníamos la siguiente parada, la Cueva de Cullalvera. Es una cavidad de enormes dimensiones destrozada con atracciones turísticas. Un audiovisual insustancial a la entrada ya te previene de lo que puedes encontrar. Pero, en este caso, todo fue a peor, y además de una hiriente voz que te acompaña durante el trayecto, el remate final es una fuente que suelta agua al ritmo de la música. Alguien pensó un día que esta patochada era ingeniosa. ¡Increíble! 
    Salimos decepcionados y soltamos unos cuantos improperios para desahogarnos. Menos mal que unos obreros de mantenimiento nos recomendaron ir a comer a un restaurante, Ronquillo, que nos hizo olvidar lo relatado. Un descubrimiento que habrá que volver a visitar. Una sopa de melón sorprendente, unos caricos excelentes y un pastel de costilla soberbio tienen la culpa. 
    La última cita de la jornada era la Cueva Pozalagua, en la vecina Vizcaya. Una exhibición y alarde de estalactitas y estalagmitas que te deja anonadado ante tanta belleza. La sala Versalles es un lugar único y extraordinario, la naturaleza ha labrado en silencio durante miles de años una obra de ensueño. Inolvidable. 
    Enterado de que la endrina contiene vitamina C, es un fruto tónico y fortalece el estómago, ya no tuve ninguna duda; el pacharán está en marcha y dentro de unos meses lo probaremos. 

Las fotos son de Javier



25 de septiembre de 2012

Arte, paisaje y cuchara en el Valle del Pas


  Tengo la costumbre de llevar de excursión a mis amigos por el Valle del Pas para mostrarles esa maravilla y compartirla con ellos. Siempre tiene mucho éxito, claro que la capacidad de entusiasmo no es similar en todos y eso se nota. Igual que en un concierto el público influye en sus desarrollo, aquí una reacción positiva cataliza el viaje de forma ilimitada. Porque no hay grandes y pequeños viajes, la mayor aventura puede estar a la vuelta de la esquina. Y esta vez la encontramos.   La primera parada es el Palacio de Soñanes en Villacarriedo, un magnífico palacio barroco. Su excelente restauración exterior e interior llega a su máxima expresión en la cúpula pintada por Roberto Orallo. Nunca me canso de verla. Una y otra vez. Y siempre me sorprende y maravilla. Es un mural que ocupa el altillo y la cúpula de una escalera realmente hermosa. Orallo colocó con delicadeza una guinda en lo más alto, una puerta abierta al cielo conmovedor. Pinturas creadas con  la  ingenuidad inmaculada y el talento en su máxima expresión, con la mirada de un niño, con la ilusión radiante de la emoción, con la pasión de un aprendiz, con amabilidad y sosiego. Uno se relaja y a nadie le sorprendería que se abriese la mencionada cúpula y ascendiésemos al infinito. Cualquier día o noche puede ocurrir.
   Predispuestos a absorber el resto del viaje por poros antes desconocidos, paramos en la cercana Selaya para abastecernos de sobaos y quesadas, que no solo hay que cuidar el espíritu; el cuerpo también necesita cuidados. Ascendemos el Puerto de la Braguía sin perder un detalle del paisaje. Llegamos a Vega de Pas y nos acercamos al Restaurante Mexico -el reloj se paró hace tanto tiempo que ya nadie sabe cuándo ocurrió-  y nos comemos un estupendo cocido montañes. A medida que el cuenco iba rebajando su nivel de comida, descubrimos una mina submarina en forma de morcilla, difícil de atrapar en aquel inmenso mar de colesterol. No serán alimentos muy sanos para el organismo pero nuestro ánimo se alegró con profusión de este encuentro culinario. Y ya sabemos  que, ante todo, somos mente. 
  Después de comer nos acercamos a la estación fantasma del Ferrocarril Santander-Mediterráneo. Fue un  proyecto diseñado y ejecutado en la posguerra para unir por tren la capital cántabra con Sagunto. Se empezaron unas obras que nunca se finalizaron. Aquí podemos encontrar la estación sin estrenar en estado lamentable, diversas ruinas de edificios y varios túneles, incluido el de La Engaña de siete kilómetros de longitud, una obra faraónica para su época. Y donde hay faraones, encontramos siempre esclavos para satisfacer sus caprichos. Aquí fueron presos republicanos; dejaron su sudor y su sangre en este disparate nacional aún desconocido en nuestro país y que alguien debería divulgar con la vehemencia adecuada. A pesar del cocido y del calor recorrimos el largo trayecto -el viajero no se detiene ante nada- hasta la boca del túnel y encontramos un frío húmedo, lúgubre y estremecedor. Sería el eco de tanto sufrimiento.
   Subimos el puerto Estacas de Trueba y bajamos el de Lunada, en medio de paisajes idílicos de una fertilidad inusitada; una tierra que ha forjado al pueblo pasiego, siempre enigmático y fascinante. Entramos en otra villa pasiega, San Roque de Riomiera. Alrededor de una mesa en la calle calmamos la sed y descansamos en este pueblo, donde la prisa es una especie animal desconocida. Tertulia, satisfacción y sonrisas.

Todas las fotos son de mi amigo y compañero de viajes, Javier.








15 de septiembre de 2012

La Tomatina

   Siempre me ha resultado desagradable ver tirar comida. Puede ser una cuestión cultural o de sensibilidad, no lo sé. En todo caso, hoy al reflexionar sobre el tema, me reafirmo  en la postura más que nunca en estos momentos de crisis a la puerta de casa. Lo que estéticamente rechazo,  la ética lo confirma de forma cartesiana; ética y estética siempre unidas.
Se entenderá, por tanto, con facilidad que el espéctaculo anual de La Tomatina me resulte incómodo. Por si hay algún despistado, reseñaré con brevedad que es una fiesta celebrada al final del verano en el pueblo valenciano de Buñol, en la que durante una hora se tirán desde varios camiones toneladas de tomates. El resultado es una afluencia masiva de gente acelerada para ser embadurnada y asimismo poder impregnar de este fruto a todo individuo que ose cruzarse en su camino. Parece que les resulta apasionante. Vienen turistas de todo el mundo, sobre todo de Japón y Australia. Los primeros ya se sabe que se enganchan con facilidad de las costumbres ajenas, cuanto más exóticas o estrafalarias mejor. Y los segundos, no sé si serán los mismos que acuden a los Sanfermines pamplonicas y han creado la costumbre, ahora ya tradición, de tirarse de cabeza desde lo alto de una fuente, con altas dosis de alcohol en las venas y frecuentes batacazos. Parece que les va la marcha.  Esta fiesta tiene el enorme mérito de cerrar los telediarios de medio mundo, algo que pocos acontecimientos logran. Pero cada año su visión me resulta más molesta e irritante. Esa marabunta enardecida por una actividad necia y absurda me da grima y me entristece, una paradoja frente a tanta aparente diversión.
   Yo prefiero comer con calma una buena ensalada de este exquisito fruto o disfrutar de una tostada de pan, aceite y tomate, una de las grandes aportaciones españolas al mundo, sin ningún reconocimiento aún. Y me quedo con la poesía; otra estética, otra ética:
Oda al tomate
Pablo Neruda


La calle

se llenó de tomates,
mediodía,
verano,
la luz
se parte
en dos
mitades
de tomate,
corre
por las calles
el jugo.
En diciembre
se desata
el tomate,
invade
las cocinas,
entra por los almuerzos
se sienta
reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene
luz propia,
majestad benigna.
Debemos, por desgracia,
asesinarlo:
se hunde
el cuchillo
en su pulpa viviente,
es una roja
víscera,
un sol
fresco,
profundo,
inagotable
,
llena las ensaladas
de Chile,
se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja
caer
aceite,
hijo
esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega
la pimienta
su fragancia,
la sal su magnetismo:
son las bodas
del día,
el perejil
levanta
banderines
,
las papas
hierven vigorosamente,
el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre
la mesa, en la cintura
del verano,
el tomate,
astro de tierra
estrella
repetida
y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura.